La puerta a un cementerio - Salida de Campo
Algún día en el semestre:
No puedo recordar la clase exacta en la que el profesor mencionó el proyecto. Sin embargo, sí recuerdo que, desde que lo escuché, comencé a preguntarme qué tipo de lugar me sacaría de mi zona de confort. Primero pensé en Manizales, pues al ser de allí, me resultaría más fácil: conocería personas y tendría todo a mano. Tras semanas considerándolo, me di cuenta de que no era viable. Los tiquetes estaban demasiado caros y, además, el profesor insistió en que debíamos elegir un lugar donde nunca hubiéramos estado para garantizar un verdadero desafío. Reconozco que ya conozco cada esquina de Manizales, así que sería tomar el camino fácil. Quería hacerlo bien, lo que implicaba elegir un sitio desconocido como Bogotá, donde solo conozco la 85, Chapinero, el estadio y Chía.
Fue así como recurrí a amigos rolos para que me ayudaran a encontrar un lugar. En las primeras clases, el profesor preguntaba si ya teníamos destino: algunos compañeros mencionaban sus opciones y él las aprobaba o sugería reconsiderar. Yo aún no decidía, y aunque no presioné mucho a mis amigos, al leer las salidas de campo de años anteriores, empecé a formarme una idea. La primera que leímos fue la de una chica que eligió un cementerio importante, donde yacen figuras reconocidas. Me llamaron la atención los rituales descritos, como un papel con una cadena de mensajes que advertía mala suerte si no se cumplía.
También leímos otros ejemplos. Noté algo curioso: siempre hay alguien que elige un prostíbulo. Imagino lo impactante que debe ser, pero en mi caso, jamás lo consideré. No me sentiría cómoda viviendo esa experiencia. En un momento, incluso pensé en visitar un sitio de brujería o una tarotista, pero me dio miedo. Soy muy creyente de lo paranormal, y solo de pensarlo, sentía escalofríos. ¿Y si salía con una maldición o un espíritu persiguiéndome? Miles de escenarios catastróficos pasaron por mi mente.
La decisión:
De las salidas de campo leídas en clase, hubo una que resonó especialmente en mi mente: la visita a un cementerio. No sabría explicar el porqué, pero siempre estuvo presente en mis pensamientos. Quizá se relacionaba con el hecho de que nunca había estado en uno, o tal vez fue la forma en que la estudiante redactó su experiencia lo que captó mi atención. Cabe recalcar que esta decisión no la tomé en una tarde, sino tras semanas de reflexión, pues enfrentaba un conflicto interno. Mi religión siempre está por encima de todo, y mi dilema radicaba en que me enseñaron que, al morir una persona, su cuerpo terrenal pierde valor. Es decir, si un familiar falleciera (Dios no lo permita), su alma ascendería al reino de los cielos para vivir con Él, por lo que el cuerpo que queda aquí no merece mayor atención. Solo se realiza una ceremonia para conmemorar al difunto y presentar su alma a Dios. Por eso, en mi fe no se acostumbra visitar cementerios ni realizar rituales tradicionales asociados a la muerte.
En realidad, pensaba —y sigo pensando— que al ir a uno de estos lugares estaría cometiendo una pequeña ruptura en mi relación con Dios. Por ello, acudí a mi templo para orar, explicarle mi situación y buscar su aprobación. Recuerdo que, al salir, sentí que un peso se alzaba de mí, como si Él me hubiera dado su bendición. ¿Será que, a través de esta salida de campo, Dios quiere enseñarme algo más profundo?
Inmediatamente, le escribí a mi amigo —quien me ayudaba a encontrar un cementerio— para coordinar día y hora.
Comienzo de la travesía:
Llegó el día de la salida de campo. Al despertar, sentí ganas de posponerla: no me agrada viajar a Bogotá y la pereza me invadía. Le envié un mensaje a mi amigo preguntando si íbamos a ir ese día o lo dejábamos para otra ocasión. Dos horas después, respondió que debíamos hacerlo ese mismo día, pues la próxima semana no podría.
Contra mis expectativas, la resistencia a asistir se disipó rápidamente. Después de clase, emprendimos el viaje. Durante el trayecto, hablamos de nuestras vidas y compartimos chismes de la semana. En un momento, él me preguntó: «¿Por qué un cementerio? ¿Por qué no elegiste un lugar más cercano o menos... intenso?». Le expliqué que el profesor exigía un sitio donde nunca hubiéramos estado, algo que nos sacara de la zona de confort. «Podría haber elegido un lugar conocido, pero eso sería hacer trampa», añadí.
A medida que nos acercábamos al destino, el ambiente se volvió más silencioso. Era como si ambos nos preparáramos mentalmente para lo que veríamos, imaginando escenarios desde lo sublime hasta lo inquietante.
Al llegar, estacionamos lejos de la entrada. El sitio no parecía siniestro al principio, pero al acercarnos, la atmósfera cambió. Lo que más me llamó la atención fue un parqueadero a la izquierda: una gran puerta metálica blanca y un camión estacionado que, en mi mente, insinuaba actividades sospechosas.
El momento:
Al llegar, nos encontramos con una serie de piezas colocadas afuera, sobre cada barrote. Me pareció algo sumamente interesante, pues los dibujos no eran similares en todas. Mientras las observaba, surgieron preguntas: ¿Tendrán algún significado estos diseños? ¿Buscan transmitir que quienes están aquí están "salvados por Dios" o que sus restos son protegidos por Él?
Al entrar, me sorprendió lo sobrio y acogedor del ambiente. ¡Imaginaba todo lo contrario! El arco principal tenía una frase grabada: “Y solo acabará la despedida cuando en la vida verdadera acabe este largo morir que llama vida”.
Al leerla, sentí incomodidad, como si no encajara en el espacio o el momento. De hecho, no reparé en ella hasta que salí, pues durante la entrada no la noté con claridad.
También observé grafitis alrededor de ciertas áreas, lo que me hizo cuestionar el nivel de respeto hacia el lugar. ¿Será que de noche este sitio cobra una vida totalmente distinta?
Al avanzar, esperaba encontrar más gente, pero para mi asombro, estaba vacío; éramos los únicos allí. El silencio era absoluto: se oía hasta el vuelo de una mosca. Al girar a la izquierda, nos topamos con un letrero grande de color verde.
Me causó mucha intriga: ¿De verdad las personas vienen a orinar aquí? ¿Son solo indigentes o cualquiera lo hace? ¿Cuánta gente lo hace para que hayan puesto un aviso? ¿No es sentido común respetar este tipo de lugares? La sola idea me generó una mezcla de incredulidad y desasosiego.
Al comenzar a caminar, noté que había diversos tipos de estructuras (no recuerdo el término exacto). Mi amigo me explicó que el tamaño varía según si albergan cenizas o el féretro completo. Me sorprendió, pues pensaba que los ataúdes solo se enterraban bajo tierra, no en nichos elevados o cavidades.
¿Se deposita solo el cuerpo o también el ataúd? La duda me asaltó al ver uno parcialmente abierto: “¿Ahí estará el cuerpo?”. El miedo fue instantáneo.
Mientras avanzábamos, leía las fechas: 1980, 1999, 2002. Pero lo más impactante fueron las tumbas de personas cercanas a mi edad, fallecidas recientemente. ¿Qué les pasó? ¿Fue un accidente? ¿Un suicidio? Fue un click mental: la muerte dejó de ser abstracta.
Mejoras aplicadas:
Lo más curioso fue cuando comencé a ver las decoraciones de cada tumba: algunas de millonarios, otras de Santa Fe, e incluso había del Nacional. Es como si quisieran ser recordados por algo que les gustaba, no solo por estar en una caja en un cementerio. A medida que iba avanzando, podía notar cómo algunas tumbas recibían más cuidado y dedicación, mientras que otras mostraban signos evidentes de abandono; hacía rato que no venían a limpiar o revisar su estado.
En ese momento, comencé a escuchar el sonido de una pala golpeando contra el piso, además del ruido de alguien barriendo. Decidí investigar y me encontré con una persona limpiando algunas tumbas. Me pareció algo curioso, así que decidí acercarme para preguntarle qué estaba haciendo y por qué.
Primero, me presenté de la manera más simple posible, sin usar palabras complicadas.
—Buenas, estoy limpiando estas tumbas. Lo hago porque me pagan para esto. Soy el enterrador; vengo aproximadamente una vez a la semana —me respondió.
En ese momento, se me vinieron a la mente varias preguntas: ¿pero qué es un enterrador? ¿Cómo así que le pagan? ¿Las personas le pagan al enterrador para que mantenga las tumbas de sus seres queridos limpias? ¿Cuánto cuesta este servicio?
Aprovechando la conversación, decidí preguntarle si alguna vez había escuchado o experimentado alguna situación paranormal.
—En realidad, sí —me dijo—. Pero el enterrador podría contarle muchas más historias. En mi caso, a veces, mientras estoy trabajando, siento como si alguien me estuviera observando. Incluso, en ocasiones, alcanzo a ver una sombra blanca que se pasea entre el cementerio, entra en algunas tumbas y luego vuelve a salir.
Le agradecí su tiempo y decidí no molestarlo más para que continuara su trabajo. Luego, mientras caminaba, me encontré con varias tumbas que tenían pegado un papel que decía:
"Cementerio de Usaquén informa: el adquirido de esta bóveda está vencido y se encuentra en vía de exhumación para fosa común."
Esto me generó aún más preguntas: ¿Estas bóvedas funcionan como un arriendo? ¿Cada cuánto se tiene que pagar? ¿Cuánto tiempo le dan a la gente para ponerse al día? ¿Se les notifica directamente o solo colocan el papel? ¿Se podría considerar esto como una especie de mafia? ¿Quién recoge los cuerpos? ¿Qué pasa si una persona llega y no encuentra a su ser querido?
Algo muy espeluznante fue encontrar una bóveda que estaba medio rota. Como buena chismosa, decidí mirar dentro de ella, aunque la verdad lo hice con mucho miedo. Lo único que pude ver fue una bolsa azul con algo adentro.
Lo primero que se me vino a la mente fue brujería. Pensé que podría tratarse de algún tipo de cadena o elemento relacionado con energías oscuras. Recuerdo que le pregunté al señor si en este cementerio se practicaba brujería o se hacían rituales de ese tipo, y me respondió que no.
Eso solo aumentó mi intriga sobre lo que podría haber dentro de esa bolsa. Lamentablemente, no les puedo decir con certeza qué decía o qué contenía, porque me dio miedo abrirla. La intención sí la tenía, pero mi amigo me dijo: “¡Uy, qué miedo!”, y la verdad, yo también estaba demasiado asustada.
Así que solo me queda mostrarles la foto.
Ya cuando me estaba devolviendo a casa, venía mirando el piso, como cualquier persona distraída, y me di cuenta de algo muy peculiar: el suelo estaba hecho con esas placas que normalmente se colocan en las tumbas para indicar el nombre del difunto, junto con el año de nacimiento y de muerte.
Me pareció algo sumamente interesante, pero también inquietante.
¿Por qué estaban allí?
¿Cómo terminaron en ese lugar?
¿Quién fue la persona que pensó en eso?
Por último, quiero invitarte a que valores tu vida en esta tierra. Nunca sabes cuándo será tu último día. Aprecia a las personas que tienes a tu alrededor, abrázalas, exprésales lo que sientes y no des por sentado su presencia.
Da siempre las gracias, incluso por los pequeños gestos. Y atrévete a tomar riesgos. Muchas veces, esos pasos que más miedo dan son los que te llevan a crecer, a descubrir nuevas versiones de ti, y a encontrar caminos que jamás imaginaste recorrer.
La vida es frágil y fugaz, pero también está llena de momentos que pueden ser extraordinarios si los vives con intención, con amor y con gratitud.
"La muerte sólo tiene importancia en la medida que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida." - André Malraux
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